sábado, 27 de septiembre de 2008

Electores estúpidos


 En mi blog anterior ya me referí a este libro sobre la supuesta estupidez del elector estadounidense. Ahora lo he tenido que recordar porque, por casualidades de la vida, lo de la estupidez del elector me ha llegado por dos fuentes y con motivaciones e intencionalidades distintas: cenando con un colega estadounidense y escuchando la soflama del taxista que me trajo de la estación a casa.
El colega estaba obsesionado con las elecciones en su país. Horas y horas pegado a la pantalla siguiendo los acontecimientos, muchos de ellos (con su permiso) totalmente intrascendentes. Tan obsesionado estaba que la crisis económica acababa viéndola en términos electorales y casi únicamente electorales. Cuando el mundo se viene abajo, dedicarse al cálculo de votos puede ser útil, pero no sé si es lo que se debe esperar de un profesional del desarrollo (o de eso que llaman desarrollo, que tampoco es algo que vaya a discutir). 
Lo de estúpido aparece cuando califica de tal a McCain. Cierto que, desde esta lejanía, el candidato republicano no da la idea de una persona despierta, ágil e inteligente. Pero eso es una impresión muy, pero que muy superficial. Mi colega, obamista hasta las cachas, lo afirma con rotundidad: McCain es un vehemente, no ve más allá de sus narices y sólo tiene a su favor que, con dinero, se ha movido en los ambientes políticos. Las historias económicas que, ahora en campaña, se cuentan de él son fascinantes. Véase, por ejemplo, esta de Los Angeles Times. Total, un estúpido que puede ganar porque los estúpidos quieren a alguien como ellos. Y hay muchos estúpidos en los Estados Unidos (insisto que no son ideas mías sino de mi colega, con el que es la segunda vez que ceno con él; no se trata, pues, de un viejo amigo). No puedo negar el elitismo que subyace en sus planteamientos que intenta probar con el error cometido por McCain desconociendo dónde está España. El buen hombre (mi colega), cree que apelando a mi españolismo, que supone acendrado, va a acabar convenciéndome. Pero eso sería si yo fuese un estúpido que se deja encandilar por asuntos tan superficiales (y comprensibles como ya he dicho aquí). Y sin embargo soy estúpido.
Por lo menos eso me dice el taxista. El hombre está exaltado y, con grave peligro para la circulación rodada y posibles peatones, deja el volante para gesticular y darle mayor énfasis a sus rotundas afirmaciones. Primero, todos -insisto, todos- los políticos son unos ladrones. Segundo, todos los que votamos somos unos estúpidos (cierto que no siempre he votado ni siempre he votado a lo mismo, pero ante tanta pasión prefiero hacer sonidos guturales que no se sabe si son de aprobación o de aburrimiento). Y ¿por qué somos unos estúpidos? Pues por eso, por votar y mantener en el machito a esa sarta de ladrones que tanto da que sean de derechas o izquierdas. Lo que habría que hacer es tirarse a la calle y echarlos del cargo desde el que, además, nos roban mediante los impuestos sobre la renta cuando ya están los impuestos sobre la gasolina, tabaco, alcohol y tantos otros. Que ¿qué hacen con ese dinero? Desspilfarrarlo en burocracia y cargos puúblicos: las diputaciones provinciales y las autonomías habría que cerrarlas y dejar el Estado convertido en un mero administrador de recursos. Ah, y los jueces, todos unos babosos que no imparten justicia. Ahí está el caso de los Albertos y Botín. ¿Los asalariados? Todos a una fosa, cubiertos de aceite hirviendo y cal viva (sic). La razón: no echarse a la calle y aguantar la situación. Pueblo ignorante, de estúpidos, que siempre ha sido pobre, borrachos y ahora dorgadictos (el 80 por ciento de la población es drogadicta, me dice. La prueba: que ha ido a los puntos de venta). Es el único punto en el que me atrevo a insinuar una cierta duda: 80 me parece muy alto. Entonces dice que igual se trata de los jóvenes. Le digo que me sigue pareciendo alto. Si a lo que se refiere es que a que hayan probado alguna droga alguna vez, tal vez sí (y pienso en el alcohol y el tabaco, que también son drogas).  Eso sí: sabe que España es el primer consumidor de cocaína del mundo. Pero, inasequible al desaliento, sigue con su perorata: la que se nos viene es marinera: demasiados inmigrantes, falta de inversión extranjera, crisis, crisis, crisis. Por suerte llego a casa y el mitin termina.
Al estadounidense puedo clasificarlo si pongo Obama-McCain, aunque ya no lo tendría tan claro si qusiese clasificarlo según las convencionales derecha-izquierda. Eligen entre gorro blanco y blanco gorro. Pero no tengo tan claro qué tendría que hacer con el taxista. Tiene elementos anarquistas, pero también de los radiopredicadores de la Cope, rayanos en el más clásico fascismo de Falange Española antes de ser Tradicionalista y de las JONS. 
Desde su punto de vista, para el estadounidense yo no soy estúpido. Incluso levanta las cejas cuando ve que tengo bastante información sobre lo que sucede en su país (y no dedico tantas horas, aunque sí tiempo). Si tengo información y no me convence McCain, no soy estúpido. Desde el punto de vista del taxista, sí: he votado y no me he echado a la calle (creo que sólo he ido a dos manifestaciones en toda mi vida; no, a tres si añado un Primero de Mayo en Quito). Pero eso no es suficiente. El taxista anda jodido porque un juez no le está respondiendo a una demanda que interpuso contra un cliente (algo así como por 300 euros). El colega sólo tose de vez en cuando pero sigue en sus empeños. 
Y el estúpido soy yo, pero por otras razones.

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