miércoles, 27 de agosto de 2008

Idealistas y pragmáticos

Dicen que las escuelas de relaciones internacionales se dividen en dos grandes grupos: la de los que creen que los Estados son entes que se mueven en un mundo caótico motivados por sus intereses y la de los que piensan que ciertos valores deberían estar por encima de esos intereses que, de momento, parece que nos llevan a más caos todavía, si no a algo peor, a la extinción de la especie.
Se puede decir lo mismo de lo que sucede dentro de los Estados, sólo que aquí es más fácil encontrar ejemplos de lo uno y de lo otro.
Pongamos el caso del Ecuador y demos nombres y apellidos. A mí me parece que un buen ejemplo de idealista, es decir, de persona que guía por sus principios y valores, es Alberto Acosta. Como ministro de Energía y Minas dió el paso de defender el Yasuní: la Naturaleza y los derechos de los indígenas estaban, a su entender, por encima del beneficio que se podía obtener explotando el petróleo de dicho campo. Como presidente de la Asamblea Constituyente defendió la democracia de la misma que consiste en que todos puedan intervenir (democracia deliberativa) y en que los políticos deban escuchar qué dicen los ciudadanos organizados aunque no sea en partidos pero sí en instituciones y movimientos sociales. Y en la redacción de la Constitución ahora en campaña introdujo (estoy convencido de que fue él) algunas innovaciones a escala planetaria como es el reconocimiento de los derechos de la Naturaleza en unos términos que ni los más fervientes defensores de la ecología profunda (tipo Arne Naess) hubieran soñado jamás.
Rafael Correa, el presidente del país, en cambio, es un pragmático. Lo del petróleo no le gustó y, estoy convencido, acabará abriendo el Yasuní y sacando el petróleo al coste social que sea pero con el beneficio económico previsible y es de esperar que sea colectivo y no privado. Con respecto a la democracia, en términos que recuerdan a lo de que "no es lo mismo libertad que libertinaje", forzó la dimisión de Acosta porque los "excesos democráticos" de éste no encajaban con los intereses políticos inmediatos del presidente: aprobar la Constiución y, en consecuencia, ser reelegido presidente.
En todas partes cuecen habas. La última vez que el presidente de Guinea (dictador según muchos) visitó España se vieron las dos tendencias: la de los que afirmaban que no se puede recibir a un dictador sin exigirle respeto a los derechos humanos y los que veían que España es la mayor deficitaria en el terreno energético de Europa y que, por tanto, tiene intereses en seguir en buenas relaciones con quien mande en Guinea. Cómo mande es secundario.
El caso de Libia es parecido. Gadafi ha pasado de ser un paria a escala mundial (terrorista de Estado por lo de Lockerbie) a ser recibido por damas y caballeros y cenar con José María Aznar en la parte privada de su visita de Estado. El pragmatismo se impone.
Algunas referencias a los valores son, además, sospechosas. Se trata de pura hipocresía o de doble moral: aplicamos los valores y los ideales con criterios pragmáticos, según sean nuestros intereses. ¿Kosovo? Sí. ¿Osetia del Sur y Abjasia? No.
Y lo que no sé es si los poderosos del mundo por serlo pueden permitirse el lujo de la doble moral (los mindundis no podemos) o si por permitirse la doble moral es por lo que han llegado a ser poderosos. El libro de Klare que cité en mi revisión bibliográfica del otro día termina con una idea que viene al caso: cierto que el pragmatismo de gobiernos y élites lleva a un enfrentamiento sobre el petróleo (quién lo tiene, quién lo controla), pero tendríamos un Planeta mejor si en lugar de enfrentarse unos con otros, lo que hiciesen fuese cooperar para encontrar alternativas. Pero nadie ha dicho que la especie humana en general y su clase política en particualr sea una especie racional que sepa cuáles son sus objetivos (valores) y decida cuáles son los medios que más conducen a aquellos fines (pragmatismo colectivo, de especie). Con razón Kropotkin hablaba de La ayuda mutua, factor de evolución. Tal como vamos, de evolución, nada. Triunfarán los pragmáticos particularistas, es decir, perderemos todos. Con el Yasuní también.

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