martes, 29 de julio de 2008

Economistas de corte, que no de salón

Espectacular el post de Juan Torres ("Los economistas de ZP") sobre los economistas asesores del presidente del Gobierno y su funesta manía de no haberse anticipado a los males económicos que se nos venían encima, con lo que uno puede quedarse tranquilo sobre lo que le puedan aconsejar para el futuro, si es que van a seguir siendo tan clarividentes.
Hay dos interpretaciones para estos errores. Una es que son unos incompetentes, que me extrañaría en tan encumbrados profesionales. No son académicos que pueden escudarse en su torre de marfil, sino gente que tiene que bregar con el mundo real. Raro sería que fuesen tan incompetentes.
La otra interpretación es que han mentido cuando han dicho que la cosa no iba a ser tan dura como está siendo y que la oferta y la demanda se encontrarían milagrosamente en ese limbo que se llama mercado y que no había perspectiva seria de "reventón" de la burbuja. Podría ser: mintieron porque se creyeron obligados a reducir el pánico. Todo un ejercicio de responsabilidad o todo un ejercicio de sumisión al gobierno que tenía entonces como línea oficial del partido que no había crisis.
Pero se me ocurre otra, que no es incompetencia ni mendacidad y es ideología. Una parte importante de la enseñanza de las llamadas ciencias económicas oculta cuidadosamente (porque, además, no suele ser consciente de ello) el componente ideológico de sus premisas y teorías que pueden servir en determinadas circunstancias, pero no sirven en otras. Esa ideología tiene una faceta particularmente importante: su universalismo. Suponen (como, por cierto, también suponen algunos sociólogos) que sus conceptos, teorías, métodos y técnicas son universales, es decir, válidos para cualquier sociedad y cualquier momento histórico. Buscando leyes universales, eternas e inamovibles (algo de platónico ya tienen), aplican sus hallazgos en A y tiempo 1 a B y tiempo 2, con evidentes errores que, a estas alturas, ya deberían de haber reconocido. Según ellos, hay leyes en la economía, como que si subes el precio bajará la demanda (vaya ley: hay toda una línea de márketing que consiste en subir el precio para que la gente crea que tiene más calidad y compre más; y con éxito).
El caso clásico fueron las "condicionalidades" que imponían las instituciones financieras internacionales para renegociar la deuda. Desde un punto de vista platónico, eran impecables: control de la inflación (para que la moneda no se depreciara), reducción del déficit público (para tener con qué pagar) y aumento de exportaciones disminuyendo las importaciones (para lo mismo: más ingresos y menos gastos darían como resultado una mayor capacidad de pago). ¿Dónde estaba el problema? En la puñetera realidad: no es lo mismo aplicar esas recetas en una sociedad relativamente igualitaria y suficientemente democrática que hacerlo en una muy desigual y con semi-democracias (es decir, con grupos dominantes elitistas tradicionales). Controlar inflación significaba congelar los salarios de los funcionarios públicos (maestros los primeros), reducir el déficit era también sencillo gracias al recorte del gasto social sin tocar los impuestos de los ricos y aumentar las exportaciones era dar más poder a los terratenientes mientras que reducir las importaciones significaba reducir la importación de bienes de primera necesidad que aumentaban su precio e incidían en la pobreza de los pobres. Un desastre, con levantamientos populares, aumento de la pobreza y todos los males que esas prácticas han traído consigo. El universalismo de estos economistas institucionales llegaba a la caricatura que de ellos hacía Joseph Stiglitz: llevaban sus recetas de un país a otro sólo cambiando el nombre del país en el avión que les llevaba de uno a otro. Lo que "servía" (es un decir) a Bolivia, tenía que servir también a Polonia (bueno, ése no fue Stiglitz sino Jeffrey Sachs, ahora defensor de los pobres, antes creador de los mismos gracias a sus terapias de choque en ambos países).
No hay leyes universales en ninguna ciencia social que sirvan para cualquier lugar y cualquier época. Por tanto, tampoco en las económicas, ni aunque sean neoclásicas y se hayan aprendido en Minnesota. Tal vez eso es lo que no creían los economistas de corte a los que se refiere Juan Torres.

4 comentarios:

  1. Desde luego eso es buscar en Google y de lo demás tonterías.

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  2. Le tengo un gran respeto a Juan Torres y a su trabajo. No me duelen prendas y menos estando en un área de conocimiento diferente a la mía. El artículo es espectacular tanto por lo bien que ha buscado sus datos como por lo que ha encontrado.

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  3. 100% de acuerdo. Eso prueba que el oráculo no es tan distinto como los antiguos: lo importante no son las respuestas que te da, sino las preguntas que le haces.

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  4. Exacto, Jose. En el anterior blog podía ver con qué preguntas se había llegado a mis textos. Algunas eran auténticamente tontas. Lo que importa, por lo visto, es saber hacer bien la pregunta. Porque los que llegaban a mi blog desde aquellas preguntas no encontraban nada que les sirviese para nada. No digo que los que hacían buenas preguntas lo consiguiesen, pero las malas seguro que no.

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