viernes, 14 de abril de 2017

Incomprensible

Es relativamente fácil rechazar situaciones que no conseguimos entender. Sin ir más lejos, los espectáculos mezcla de religión, fiesta, turismo, farra, fraternidad y teatro que pueblan las calles españolas protagonizadas por nazarenos, cofrades y penitentes con sus capirotes y sus músicas. O los penitentes filipinos que recorren las calles azotándose hasta sangrar. 
Vistos desde fuera y si no se tiene afición por ese tipo de manifestaciones, solo queda el rechazo. Incomprensibles en sus exageraciones y solo dignos de algún tipo de mofa. Desde dentro, todo es aceptación, lágrimas si los pasos no pueden salir porque está lloviendo, devoción, entusiasmo (no te digo si lo que se ve es a legionarios portando un crucificado mientras cantan un himno de la Legión que dice eso de "soy el novio de la muerte". Como para emocionarse. Y sin embargo mucha gente se emociona). Desde fuera, rechazo. Desde dentro, comprensión y aceptación.
Pero ¿por qué no aplicar ese razonamiento a una situación como la de Corea del Norte? Las imágenes hablan por sí mismas: espectáculos de masas, culto al líder y a sus antepasados inmediatos (aunque no a sus hermanos, todo sea dicho), autoafirmación, respuesta amenazante a las amenazas externas, situaciones ridículas. No están locos: habría que entender sus motivos.
En un feudo chavista, el presidente Maduro es atacado con huevos y otros objetos. Como él dice, "el pueblo reaccionó" defendiéndole. ¿El pueblo? Pues no. Ni está representado por los atacantes ni por los que le defendieron (ni por los que no intervienen ni en un sentido ni en otro). El "pueblo" es la suma de ambos, más los "silenciosos". Si se olvida eso, se corre el riesgo de no entender qué ha sucedido exactamente y qué significa ese hecho. Tomar solo una de las partes como representante del "pueblo" son ganas de tener que confesar lo incomprensible de la situación o el recurso a explicaciones simplistas de conjuras internas y externas o de dictadura blanda o dictablanda dura para gestionar políticas económicas que supusieron que un sistema rentista lo era para siempre y sin tener que preocuparse por los ingresos del Estado.
Pero no parece que se trate de entender qué sucede sino, sencillamente, de arrimar el ascua a la propia sardina (una de mis expresiones favoritas precisamente por la cantidad de situaciones a las que se aplica ese uso y abuso de interpretaciones que solo llevan a hacer incomprensible el asunto o, peor, hacerlo comprensible a fuerza de maltratarlo informativamente simplificando interesadamente el asunto en cuestión). En Corea del Norte no todo es dictadura hereditaria de los Kim.

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