jueves, 30 de marzo de 2017

Privado vs Público

El gobierno Trump (que no sé por qué se mantiene la tradición de llamarlo "administración Trump") acaricia la idea de introducir modificaciones sustanciales en el funcionamiento de su administración (ahí sí) aplicando criterios de gestión empresarial a lo que se pueden llamar procedimientos administrativos. Habrá que ver si lo hace, cómo lo hacen y qué resultados consiguen.
Mi trabajo en empresas ha sido muy breve. No llegó a un año. Y mi contacto con esa lógica se reduce a un curso de "alta dirección" (sic) y a colaborar dando clases en una escuela de negocios. He sido funcionario en el sector educativo pero tampoco ahí mi contacto con la gestión ha sido largo y profundo. No llegó a un año en el caso de la universidad y no llegó a dos años en un instituto de estudios financiado por la Diputación provincial. Nada pues.
Pero he visto (y sufrido) cómo funciona un sector y otro. Pongamos la sanidad que he sufrido en mis carnes y en las de mis familiares y amigos en las Españas. Primero, los riesgos. Los de la sanidad pública son el despilfarro y la desorganización. Los de la sanidad privada son los sobrecostes. Un mismo enfermo, en las mismas condiciones (nunca son idénticas, pero prescindamos de ese detalle), si está en la pública, será enviado a morir en su casa proporcionándole los cuidados paliativos (morfina incluida) mientas que el que está en la privada será retenido y entubado en la clínica. Es obvio: en el primer caso, no juega la lógica del beneficio y el enviarlo a casa podrá ser lo mejor para el moribundo o una forma de quitarse de encima el engorro de cuidarlo. En el caso de la privada, mantenerlo entubado es una forma de alargar la factura que la familia del enfermo o la aseguradora tendrá que pagar, superior, ciertamente, a lo que costaría dejarlo morir en su cama, con independencia de qué es lo más humano, cosa que, por lo visto, no se discute por irrelevante. En ambos casos, hay un problema de gestión y de control independiente (¿más burocracia?)
En otros sectores, puedo pensar que el riesgo de corrupción es el mismo. Si, como he repetido tantas veces, la corrupción, como el tango, es cosa de dos, tanto da que el bailarín sea privado o público si de lo que se trata es de robar el dinero ajeno.
El argumento a favor de la gestión empresarial de lo público parte de que esta opción es angelical, eficiente y dinámica. Como si Odebrecht no hubiera existido, las crisis económicas las creara el diablo y el estancamiento global fuera el sueño de una noche de verano.
La gestión empresarial de lo público puede tener un efecto aparentemente beneficioso: no hay empleos de por vida, como dicen que tienen los funcionarios públicos. El que los empleos sea precarios no añade mejor gestión sino gestión más barata, como bien supieron los servicios de seguridad privatizados en los Estados Unidos ANTES del 11-S. Los precarios, por muy inteligentes y formados que sean -que lo suelen ser-, no pueden tener la experiencia de los fijos que tienen el riesgo del automatismo y de la desatención.
Mejor sería reducir el papel corruptor de las empresas y el de corrompido de funcionarios y políticos, introducir criterios de organización, gestión y control en AMBOS campos y fomentar lo que de positivo tiene cada uno de ellos. 
Decir que lo público es (siempre) mejor que lo privado (como escuché decir en público a un concejal del pueblo de al lado) es tan ideológico como lo contrario. Pero ahora parece que los vientos soplan en dirección de esto último. Cuidado con las olas.
Recuérdese: en el sector público lo importante es la salvaguarda del procedimiento y su riesgo es el ritualismo. En el sector privado su fortaleza viene de la capacidad de decisión del líder. Siempre que respete los límites de la ley, su agilidad es mayor que la de los mastodónticos sistemas públicos... tan mastodónticos como algunas trasnacionales como Odebrecht ya citada. O Monsanto. O ExxonMobile. O Bayer. Solo por poner algunos sectores significativos.

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