martes, 7 de marzo de 2017

Empresarios que no sirven para todo

Hay quien no vale para la gestión. En parte se nace y en parte se aprende (para eso están las escuelas de administración de empresas). Yo mismo soy un buen ejemplo de alguien que no vale para la gestión. Los dos carguicos que he tenido en mi vida (uno académico y el otro extra-académico) mostraron bien a las claras mi inutilidad para tales menesteres. Por eso me he negado rotundamente cuando me han propuesto un nuevo carguico: sabía bien que lo iba a hacer mal, cosa que mis amigos empresarios no podían entender, pero yo sí. Estos amigos son de los que creen que uno vale para todo. Pues no.
También parece cierto que quien vale para la gestión de una empresa (repito: algo para lo que yo no serviría en ninguna hipótesis), no por ello vale necesariamente para gestionar cualquier otra organización humana como un club de ajedrez o un club de opinión, una ONGD, un grupo scout, una asociación católica de adoración nocturna... o el gobierno de un país. 
Pienso, evidentemente, en Trump y su, visto desde fuera y desde lejos, extraño por no decir extravagante comportamiento al frente del gobierno de los Estados Unidos. Dos recortes me lo han hecho pensar.
En el Washington Post  se cuenta lo enfurecido que estaba el personaje en su retiro de fin de semana al ver que las cosas no le salían como él quería. Rabietas, se diría.
En el Guardian, por su parte, se pone en duda algunas de las explicaciones que se dan a tales comportamientos, por ejemplo las que le atribuyen ese mínimo de racionalidad de poner esas salidas de tono como medio (calculado, muy calculado como buen actor televisivo) para distraer la atención y evitar que los comentarios se concentren en lo que no le conviene: mejor que hablen del pirateo de los teléfonos de la Trump Tower por parte de Obama que de las relaciones de su gobierno con Rusia en general y con el embajador ruso en Washington en particular o las sucesivas mentiras bajo juramento de casi una media docena de miembros de tal gobierno. El argumento que aparece en este periódico como más probable, y me convence, es que, aunque Obama le aconsejó trabajar en equipo, Trump no sabe hacerlo: es un monarca absolutista que decide por encima de cualquier opinión (recuérdese cuando, en campaña electoral, dijo que no necesitaba informes de las diferentes agencias gubernamentales: que él era suficientemente inteligente para no necesitarlas). 
La lógica es la del empresario dueño de su empresa que hace y deshace a su voluntad. Si encima es algo narcisista, pues miel sobre hojuelas, pero lo fundamental es que aplica al gobierno unas reglas del juego que servían para sus empresas pero que no sirven para el gobierno de un país. 
No es un caso excepcional. Es razonable suponer que hay más empresarios que gestionan (bien) sus empresas y que, cuando cambian de juego y se ponen a gestionar otras organizaciones, ya no lo hacen tan bien. La diferencia está en que el empresario que lo hace mal con sus empresas, se arruina y es su problema (y el de los desempleados que deja en el camino). El el empresario metido a gestor político que lo hace mal, y más en el país hegemónico, tiene consecuencias inmensas para el conjunto del Planeta, medio-ambiente incluido. Ya es el segundo autor de reconocido prestigio y al que leo con atención y respeto que pronostica que no puede durar mucho. Este, en concreto, insinúa que no más de 100 días (es lo malo de cuantificar las predicciones: que se sabe exactamente en qué día se cumplen o fallan). Pero, de momento, y siendo el país con mayor gasto militar del mundo (suma por encima del resto de países juntos), se propone aumentar su gasto militar para así "poder ganar guerras" por fin. Cuáles, eso ya no se sabe. Pero sí se sabe que siguen siendo muy mayoritarios los estadounidenses que quieren que su país juegue un papel central (director o principal) en el mundo. Lo cuenta Gallup:
U.S. Adults' Preference for Nation's Role in World Affairs

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