miércoles, 15 de febrero de 2017

El reino del "post"

Primero fue “post-moderno” sin saber muy bien qué era eso de “moderno” ni si se aplicaba a todo el Planeta o solo a los que habían pasado por la Sorbona. En esa familia estaba el “pensamiento débil”, esa forma de decir que no había certezas, que no se podía conocer la realidad social, sino solo sus “relatos”. Después, a partir de esa pelea entre “relatos” (que antes se llamaban “versiones”, cosa que, efectivamente, puede variar de unos a otros), se entró en la “post-verdad”, que es una forma pedante de hablar de la “mentira” o, si se prefiere, de versiones falsas, conscientemente falseadas de la realidad, sobre todo la política. No era una novedad: el uso consciente y voluntario de la mentira ya está en Maquiavelo y su Príncipe, pero, por lo visto, se trata de un autor “pre-moderno” que ni siquiera ha pasado por la criba de la “post-modernidad”.
Ahora me encuentro con otro post: la “post-vergüenza”. Bien es cierto que en un periódico inglés refiriéndose a lo que ha traído consigo el referéndum del Brexit y la vergüenza que suscitó la serie de mentiras (“post-verdades”) en aquella lucha de versiones “post-modernas”. Vergüenza ajena suscitada por el comportamiento de determinados políticos (de la “clase política” que se decía antes, para después ser sustituido por “la casta” o, en el caso español, “el bipartidismo” o “el régimen del 78”). De todos modos, si prescindimos de estas cuestiones locales (localistas incluso), la vergüenza ajena provocada por los políticos en ejercicio de tales es un fenómeno mucho más extendido. Pienso en amigos estadounidenses avergonzados por la excentricidades del actual presidente de su país y las incertidumbres que provoca (en mi lista no hay amigas estadounidenses, pero puedo imaginar la vergüenza que sienten algunas mujeres de dicho país ante este tipo tan particular de machismo ramplón) o pienso en amigos peruanos que hacen la lista de presidentes de su país acusados o ya encarcelados por delitos de corrupción, con todas las andanzas de alguno de ellos escondiéndose entre los Estados Unidos e Israel ante la solicitud de extradición por causa de esa explosión de corrupción por parte de una sola empresa, Odebrecht, que ha afectado a cargos públicos de una docena de países latinoamericanos, unos para beneficio propio y otros para financiación de sus partidos y de las cada vez más caras campañas electorales.
La vergüenza ha estado detrás de la aparición de movimientos que rechazaban de plano a esas élites (y no solo las políticas) que perseguían sus intereses por encima de las necesidades de la “gente”, el “país”, la “nación” y hasta de su “clase” a la que decían representar o se suponía que representaban. El interés más obvio era el de conseguir el poder si no lo tenían todavía o el de conservarlo si todavía no habían llegado al estado de gracia de poder permitirse con mayor desparpajo las “post-verdades”, es decir, la mentiras lisas y llanas. Y cuando digo poder no me refiero solo al poder del cargo público sino también a la cuota de poder que supone su posición dentro de la maquinaria para conseguirlo y que se suele llamar “partido”.
Es, y vuelvo a citarlo, lo que se llamó hace un siglo “férrea ley de la oligarquía”, es decir, la tendencia de estas organizaciones a generar élites internas que luchan por el poder interno sin preocuparles demasiado si con ello ponen en peligro la consecución del objetivo político de la organización/partido a que pertenecen, es decir, el poder.
Estoy haciendo un esfuerzo por evitar los nombres propios sean de personas (siempre en negritas) o de partidos políticos, pero estoy seguro que el lector sabe ponerlos.
La “post-vergüenza” que produce esa purificación de lo nuevo o ese descubrimiento de la “post-verdad” o de la “versión” alternativa en plan “post-moderno” explica, como digo, la aparición de movimientos/partidos/líderes alternativos que ven la “verdad” en seguir las indicaciones de la “gente”, el “país”, la “nación”, superan entonces la “vergüenza” y se lanzan a producir sus propias “versiones” (no es tan fácil tapar los deseos de poder con esa escucha imposible, ni siquiera con encuestas). Se inventan lo que, frente a las élites propias o externas, quiere esa “gente”, “nación” etcétera y con eso acaban produciendo una nueva “vergüenza” que generará su propia “post-vergüenza”. Pienso en el auge del nazismo en una Alemania avergonzada por los efectos de la Primera Guerra Mundial y que daría paso a la vergüenza de la Segunda. Igual se nos ocurre algún paralelismo. O en algunos secesionismos.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

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