miércoles, 25 de enero de 2017

Piense a quién (no) va a votar

Decir “No nos representan” es una banalidad. Por supuesto que no nos representan... a algunos. Si nos representasen, seguro que otros podrían decir lo mismo, a saber, que estos no les representan. Obvio: en sociedades heterogéneas, con intereses contrapuestos y no fácilmente conciliables, el que representa a unos es porque no representa a otros. Así de sencillo: el que representa a las grandes superficies no representa al comprador que mira el céntimo antes de tomar su decisión de compra. Y si defiendes a este último, seguro que el representante de grandes superficies no se va a sentir representado por quien ha tomado esa decisión contraria a sus intereses que voy a suponer que son tan legítimos como sus contrarios. Lo que llamamos sistema democrático es un medio, imperfecto como todo lo humano, para tomar decisiones a veces de forma que todos puedan decir que han salido ganando (y que les representan) pero las más de las veces para tomar decisiones a favor de quien ha comprado los votos mediante los medios disponibles en cada caso y que van desde convencer a mucha gente para que vote en una determinada dirección hasta convencer a los que tomarán los decisiones para que las tomen (pagando, eh, pagando) de la forma apropiada para el corruptor.
Me interesa el voto masivo porque no siempre es fruto del juego limpio. Pienso, por ejemplo, en el Brexit británico y en el trumpismo estadounidense. Ambos tienen un elemento en común: el arrepentimiento por haber votado de una determinada manera una vez se ve de qué iba realmente la jugada.
Vayamos al Brexit. Ganó la salida. Pero no limpiamente. Los partidarios del SÍ jugaron muy claramente sus mentiras para que el elector votase lo que creía que estaba votando aunque en realidad no se tratase de eso lo que estaba en discusión. Estaba, como se sabe, la propuesta de que votar SÍ era votar contra la inmigración ilegal que venía a quitar empleos no-británicos a los británicos y venía a poner en peligro la inmarcesible identidad inglesa (no digo británica: los escoceses lo entendieron muy bien). Era votar a favor del Paraíso (el SÍ) contra el infierno (el NO) representado por un gobierno algo chapucero. Una vez conocidos los resultados, vinieron las rebajas y resultó que el precio a pagar por el SÍ era muy otro: algo desde los negocios de la City a las ayudas a los dependientes pasando por los efectos sobre la libra esterlina o sobre los expatriados en otros países. Se equivocaron votando SÍ y hubo quien pidió volver a votar para no repetir el error cometido anteriormente. Mucha gente que había votado a favor de la salida se encontraba que tal salida iba claramente contra sus intereses personales y colectivos.
Algo parecido ha sucedido con la victoria de Trump. Con un sistema electoral tan peculiar como el suyo, Clinton ganó por casi 3 millones de diferencia en votos populares, pero Trump consiguió los votos electorales suficientes como para que se le declarara vencedor el 19 de diciembre y se le confirmara como tal el 9 de enero y tomara posesión el 20 de enero. Aquí las protestas fueron sonoras: “Not my President”, “que no me representa”. Y se intentó forzar un recuento de los votos (asunto particularmente chapucero) y hasta se maniobró para que alguno de los Grandes Electores cambiara el voto al que estaba obligado (¡legalmente!) y no votara por Trump sino que consiguiera que fuese Clinton la que no solo hubiese ganado en voto popular sino también en voto electoral. Habría sido algo espectacular, pero no se consiguió, sobre todo sabiendo que algunos (muchos) de los “Not my President” que lo habían proclamado por Twitter o Facebook ¡no habían votado! Y no se trata de los que torticeramente fueron apartados de su derecho a votar, sino de los que no quisieron votar, ese, aproximadamente, 50 por ciento de los adultos estadounidenses que o no se registraron o que, una vez registrados, no quisieron votar o, simplemente, no les dejaron votar por razones poco consistentes y sí muy interesadas electoralmente por parte de los que establecían los criterios para registrarse (en USA no es suficiente estar en el censo). Encuestas en mano, fiables, va a haber suficientes votantes de Trump descontentos con que Trump haya ganado.
En las próximas elecciones de aquí (sean generales o sea el referéndum catalán) ya sabemos que habrá quien no se sienta representado por el bando vencedor. Así es la democracia. Trabajen, pues, para ganar en las siguientes, pero no conviertan su derrota en un  demérito de la democracia. Democracia no es que ganen “los míos”.

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