viernes, 30 de diciembre de 2016

Equivocarse es fácil

La Sra. Thatcher, según se sabe ahora por documentos desclasificados a los que se refiere el Financial Times (se precisa subscripción) temía algunas cosas. Dos de ellas son curiosas: la primera, motivada por su pésima relación con Helmut Kohl, que hiciera temer a los Estados Unidos que creara una "entente cordiale" con la URSS con tal de ir contra Alemania. La segunda, era el temor que tuvo la después Lady Thatcher de que la (re)unificación de Alemania llevara a que esta dominara Europa.
Podemos valorar lo acertado o equivocado de tales apreciaciones, pero se supone que una persona, a ese nivel de conocimiento, información y entrenamiento, no tiene fácil equivocarse. Y es evidente que se equivocan. Y no me refiero al uso sistemático que puedan hacer de mentiras varias sino al hecho de que, en sus apreciaciones privadas (no en los mítines) puedan cometer errores tan extremos.
Una respuesta me viene de Juan Cuvi, ecuatoriano al que no tengo el gusto de conocer personalmente, pero a cuyos escritos he dado todo el seguimiento que he podido. Se trata de un intento de explicar por qué determinados intelectuales (piensa en su país y en la interminable campaña presidencial que allí se desarrolla arropada desde fuera) no se preocupan por conocer cómo y por qué son las cosas sino en demostrar lo que ellos ya saben que tienen que demostrar. Arrimar el ascua a su sardina, que diríamos algunos chapetones con mucha frecuencia. Lo llama "mendicidad intelectual" y ya sé que lo contrario, la "riqueza intelectual" es imposible para los humanos (ignoro si lo es para los divinos en el sentido literal de la palabra, no en el metafórico, que de estos hay muchísimos y de los otros dudo que existan).
El "intelectual orgánico" tiene como objeto no conocer la verdad de las cosas (la adecuación entre lo que uno dice o piensa y lo que las cosas son) sino producir aquellos "conocimientos" que pueden ser útiles para defender la "causa" a la que el intelectual está dispuesto a defender a costa incluso de la verdad misma.
El "intelectual post-moderno" sabe que no puede saber, así que se queda en hablar de las cosas como mejor le vienen a la mente sin preocuparse de la verdad que sabe imposible. La verdad, dicen, no existe: existen interpretaciones (y no sé si este post es un ejemplo de esto).
Queda el intelectual clásico (lo digo para defenderme): el que sabe que en el principio no era el Verbo sino la Duda, que es exactamente lo que le faltaba a esa forma de "pensar" tan propia de los políticos que saben que lo que deciden puede convertirse en realidad y que ya vendrán los otros intelectuales a intentar entender o conocer qué han querido decir o hacer los realmente sabios que conocen que lo importante no es saber sino trasformar (Tesis XI: Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo". Tal vez: pero si no se conoce, difícilmente se va a transformar. Que se lo digan a Hitler o Stalin, que creyeron conocer el mundo y lo que hicieron fue destrozarlo.

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