miércoles, 26 de octubre de 2016

The bright side

Es una de las escenas más significativas de La vida de Brian, cuando, una vez crucificado, el crucificado junto a él le dice que hay que mirar el lado brillante o alegre o positivo de la vida.
Sin llegar a tales extremos de negación de la evidencia, hace unos meses el Guardian publicó este artículo en el que se recogían los efectos poco saludables que tiene la exposición a la realidad internacional y la local. Non è che io sia pessimista: è la realtà che è pessima, como tantas veces he citado a Leonardo Sciascia diciéndomelo en un paseo por Alicante. Y, sí, la realidad es pésima cuando uno ve qué es lo que está haciendo este animal racional (más animal que racional) en el medio ambiente, las relaciones internacionales, la política nacional y, si me apuran, la política local: un desastre. Constatable e innegable, a no ser que se practique la política del avestruz y uno se dedique a los placeres inmediatos de la vida, legales e ilegales (personales e intrasferibles, por supuesto) y se olvide de lo que le rodea.
Pero tampoco se trata de ceñirse a "explicar brillantemente lo mal que estamos" (como criticaba Vicent Martínez a los que se quedan -o nos quedamos- en ese estadio). No está de más preguntarse por el clásico ¿qué hacer? Respondo.
Primero, reconocer los límites de la acción posible. No tiene mucho sentido defender ardientemente, por ejemplo, la supresión de la ley de la gravedad. Es poco probable que se consiga algo. Incluso los aviones la necesitan. Exponer bellos objetivos inalcalzables no hace más que o autogañarse placenteramente o condenarse a una frustración adicional que puede ser violenta hacia fuera o hacia dentro (depresión en este caso). Es como suponer que de mis actos se va a derivar el final del capitalismo realmente existente. De momento, parece que no se ha dado el que "la burguesía haya creado a sus propios sepultureros".
Segundo, reconocer los límites de lo que uno puede hacer realmente. Un ejemplo: por mucho que un europeo se preocupe por las elecciones estadounidenses del mes que viene, es obvio que no puede hacer absolutamente nada para influir en una dirección u otra, y más sabiendo que ambas son malas. Como puede suceder con un no-militante socialista en las Españas ante la crisis de dicho partido. Si ya me cuesta introducir cambios significativos en mi hogar, no te digo si "subo" al nivel de mi pueblo, provincia, región, país cuyo pasaporte llevo o al mundo mundial.
Tercero, preguntarse qué es lo que está realmente en sus manos. El artículo que he citado más arriba lo hace: por ejemplo, si tanto le preocupa un tema, hágase voluntario de ONG que trabajan en el mismo o militar en un partido o estar al tanto de lo que se propone en "change.org". Es la política del granito de arena: uno solo no construye una playa, muchos sí. La terrible (es innegable) situación mediambiental, internacional y nacional (vayas a donde vayas: Holanda, Bélgica y hasta Suiza o Suecia) deja de tener los efectos negativos incluso en la salud del observador si este se plantea cuál es el granito de arena que puede aportar, sabiendo que es solamente un granito (sin freudiana "omnipotencia de las ideas", por supuesto) y que "you may say I'm a dreamer, but I'm not the only one", por citar a John Lennon y su Imagine
Insisto en que ese granito, por definición, es algo mínimo, pero es mucho más grande (y saludable) que el no hacer nada y quedarse levantando acta "de lo mal que estamos". Egoísmo ilustrado, pues. No da más de sí la jodida realidad para la enorme mayoría de habitantes del Planeta.

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