martes, 16 de agosto de 2016

Todo por el beneficio

Robert Reich, que fue secretario (ministro) de Trabajo en los Estados Unidos, cuenta (y aparece en castellano) el curioso análisis de esperanza matemática que detectó en empresas de su país (y, supongo, extensible a otros países). En aras del beneficio, la empresa calculaba la probabilidad de que les pillaran saltándose la ley, relacionando tal probabilidad con el beneficio que obtenía cometiendo el delito y los daños que podría sufrir si les pillaban. Nada que ver con la ética y, mucho menos, con la katiana. Así que me salto la ley (por ejemplo, ambiental) con lo que obtengo un beneficio seguro que, si tengo que pagar algo porque me han pillado, siempre será menos que lo que he ganado. Conviene, pues. Esta es otra.
Ahora encuentro referencias al comportamiento de algunas empresas en el campo del tabaco y del petróleo: han mentido, consciente y voluntariamente, sobre temas que afectaban a la salud (¿y a la supervivencia?) de la especie humana. Mentir quiere decir que sabían que A era cierto (o, por lo menos, altamente probable, o, si se quiere, suficientemente probable como para tomar el asunto A en consideración) y se dedicaban a trabajar con todas sus fuerzas (no todas ellas legales en los términos de que habla Reich) a negar A. La cosa va desde efectos del fumar a efectos de quemar petróleo, evidentemente. De nuevo, el beneficio por delante. Lo que otros llamarían "acumulación incesante de capital" para lo cual todo vale y en cuyas aras se sacrifica todo lo que venga bien, incluyendo el futuro colectivo. 
Cortoplacismo del que participan también los políticos que miran a las siguientes elecciones y no mucho más allá. En su caso, el beneficio es, directamente, electoral, con todo lo que ello comporta. 
Tiendo a pensar que es la cultura capitalista, dominante, la que tiene que ver con estos comportamientos. Pero me temo que también se daban cosas parecidas en los sistemas pre-capitalistas. Andre Gunder Frank hablaba de 5.000 años atrás.
Sea como fuere, si esas son las reglas del juego, todo el que juega acaba cumpliéndolas: búsqueda del beneficio a corto plazo. Y aquí no vale el final de la película "Juegos de guerra", WarGames, a saber que la guerra nuclear es un "extraño juego, en el que la única forma de ganar es no jugar". Aquí no hay más remedio que jugar y, si pretendes hacerlo con otras reglas, las reglas dominantes acaban fagocitando a tus pretendidas alternativas, haciéndolas propias. Dramático sino de algunas empresas alternativas exitosas.

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