lunes, 15 de agosto de 2016

Derechos de la Naturaleza

Hace años asistí en la universidad de Alicante a un brillante debate entre dos buenos amigos. Él, ecuatoriano, economista, y ella, española, filósofo. Sus posiciones me atrevo a resumirlas en dos puntos. Ella, se oponía a tal propósito, que consideraba un desatino, ya que quedaba sin resolver un asunto nada intrascendente: quién era el sujeto de tales derechos. Él, que había intervenido en que tales derechos quedasen reconocidos en la nueva Constitución ecuatoriana, redargüía diciendo que tampoco los derechos de las mujeres que defendían las sufragistas habían sido recibidos con aceptación general. Más bien lo contrario. O la cuestión de la esclavitud. Se podría haber hecho una referencia a la controversia de Valladolid en 1549 entre Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas sobre si los indígenas americanos podían ser sometidos sin más (como los animales) o también tenían derechos como seres humanos que eran. Como ecléctico que sigo siendo, puedo estar de acuerdo con ambos, economista y filósofo, y más si se introduce la variable temporal (de cuándo estamos hablando) y no nos dejamos atrapar por las palabras y miramos a las cosas en la medida en que las palabras nos lo permiten.
He pensado en ellos cuando, como todos los días en lo que va de agosto, he llegado al punto en el que mi "agorafilia" (amor a los espacios abiertos, contrario a su rechazo, la agorafobia) se satisface en mi paseo matutino desde Malcocinado, Badajoz, en el camino a Guaditoca. Este es el lugar:


Evidente: me encuentro en medio de la Naturaleza ¿no?. Pues no. El lugar marca el punto en el que se termina el olivar (a la izquierda) y comienza la dehesa (detrás y al fondo), con el toque del trigal ya cosechado y con la paja ya agostada.
No hay nada de Naturaleza. Es (casi) todo Cultivo (Cultura que dirían otros). El olivar es obra del hombre (del varón, para ser exactos) y lo sigue siendo: en esta época se están quitando los chupones que crecen "naturalmente", al pie del árbol y que es preciso quitar para que siga dando las aceitunas que se cosecharán pronto. 
La dehesa, mucho más: ha sido desbrozada y las encinas o alcornoques (pido disculpas, pero no sé distinguirlos: los cerdos tienen más conocimientos que yo ya que saben distinguir la calidad de las bellotas y rechazan los árboles que las dan amargas) distanciados para que haya espacio abundante para los animales que, por supuesto, no están en su estado "natural" sino que están "amaestrados" y las ovejas siguen el camino de las cañadas y cordeles que rigen su movimiento a lo largo del año para mejor producir carne, leche y lana.
No hace falta insistir: los trigales no son Naturaleza sino, evidentemente, Cultura. 
Si hay Naturaleza es en la "geología yacente sin más huellas / que una nostalgia trémula de aquellas / manos de Dios palpando su relieve". Pero incluso ahí se percibe la mano del hombre, alisando cumbres e introduciendo caminos que suavizan cuestas y repechos. 
Y mucho más que interviene cuando aparece la propiedad de esa geología: los terrenos tienen propietario, algunos aceptando un "coto social de caza" y otros, como los dueños de la hacienda a la que da paso el camino de la derecha -conocidos banqueros, por cierto-, declarando en la puerta que se trata de "coto privado de caza". Formas de apropiación, claro.
Para ponerlo con peras y manzanas y no meterse en abstracciones: ¿dónde está aquí al Naturaleza sujeto de derechos?. Tiene razón mi amiga filósofo. 
Vayamos ahora a la espinosa cuestión del cambio climático y del riesgo que conlleva para la especie humana. Planteado en términos de esperanza matemática (que, por cierto, parece que algunas empresas también practican en otros ámbitos, al decir de quien fuera ministro de Trabajo en los Estados Unidos), es decir, comparando la probabilidad de tal evento (discutible como todo en ciencia) con los efectos que podría tener, es obvio que algo habría que hacer. Derechos de la Naturaleza puede ser un camino, es decir, rechazar las políticas irresponsables con el medioambiente que acrecientan la probabilidad de aquel cambio climático o, en todo caso, del calentamiento global ahora observable (y no por ello eterno). Tiene razón mi amigo economista... incluso cuando no entra el campo de mi amiga filósofo. 
Pesimista como soy, no creo que la propuesta ecuatoriana vaya a tener un largo recorrido. Ni siquiera en dicho país. Tendremos más cumbres y más papel mojado. Todo queda, no en la esperanza matemática, sino en la mera afirmación de la baja probabilidad de la catástrofe o en una encendida llamada a entablar una guerra contra el cambio climático.

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