lunes, 22 de agosto de 2016

A quién sirven los gobiernos

Es conocida la simplificación, propia de todo manifiesto político, que aparece en el Manifiesto Comunista, a saber, que "el gobierno es el consejo de administración de los negocios de los burgueses". La realidad, después, resulta algo más complicada que eso. Pero vayan dos casos significativos al respecto, ambos relacionados con la invasión de Irak.
El primero, es esta intervención de Hillary Clinton en 2011 planteando (como dice al final de este corte) que habría que mirar a Irak como una oportunidad para hacer negocios. Obviamente, se está dirigiendo a una audiencia empresarial. 
El otro es un análisis del informe Chilcot precisamente desde ese punto de vista, el de la relación entre guerra y negocios.
The Iraq War, and the furious scramble for contracts which both preceded it and continued throughout, shows the confluence of private and public interests on a scale rarely seen. While the idea of Iraq as simply a war for oil may be reductive, the Chilcot Report and its accompanying documents show that money and financial interests lined many layers of the path to the Iraq War.
Aquello no fue solo una búsqueda de acceso al petróleo iraquí, que sería algo simplificador. Pero lo que precedió a la guerra fue un esfuerzo de los gobernantes de la "comunidad internacional", los de la coalición, por conseguir oportunidades para los negocios de las empresas de sus respectivos países. El caso británico es claro: el gobierno trabajaba para que las empresas británicas pudieran acceder al botín. Desgraciadamente, no se sabe mucho (o no sé mucho) sobre qué hizo el gobierno español al respecto. 
Pero sí queda claro, leyendo el análisis que cito, que el gobierno se preocupó por "sus" empresas, es decir, las que tenían sede en su país. Por mucho que se hable de multinacionales, al final las empresas resultan tener cuarteles generales que están localizados, aunque después no sean precisamente muy generosas a la hora de responder con impuestos y prefieran declarar los beneficios donde más les convenga fiscalmente y procuren utilizar todos los paraísos fiscales del mundo para lograr evadir impuestos.
Nadie es perfecto, A pesar de ello,  los gobiernos, por lo visto, tienen claro a quiénes tienen que defender. Lo cual también se ha visto en la etapa visibilizada a partir de lo de Lehman Brothers en la que la financiarización ha impuesto sus reglas por encima de los intereses de esas empresas extractivas, manufactureras y de servicios a las que se ayudaba en el caso de la invasión de Irak. Aunque, como dicen, "la economía no son las finanzas", cuando los gobiernos se han visto ante dilemas, por ejemplo, ante los préstamos hipotecarios fallidos, su opción ha sido clara: a favor de los Bancos.

Faced with a choice between saving the “real” economy by writing down its debt burden or reimbursing the banks (and ultimately their bondholders and counterparties) for losses and defaults on loans gone bad, the policy response of the US and European governments and their central banks was to save the banks and bondholders (who incidentally are the largest class of political campaign contributors). This policy choice preserved the remarkable gains that the “One Percent” had made, while keeping the debts in place for the “99 Percent.” This accelerated the polarization that already was gaining momentum between creditors and debtors. The political consequence was to subsidize the emerging financial oligarchy.
Este punto en el final de este último trabajo que cito (y que confieso que no he entendido del todo) muestra hasta qué punto lo del "consejo de administración" es un simplismo propio de la propaganda política. Cierto que, además, están las "puertas giratorias" y, en general, las conexiones entre políticos y empresas, en especial las financieras, asunto bien conocido en los Estados Unidos y extrapolable a otros contextos como el español. Pero la lógica parece ser la de defender los intereses de los que han financiado las respectivas campañas o hacia los que se han contraído deudas de diverso tipo o hacia aquellos con los que hay una cierta afinidad de "clase" o de "estrato social" si se prefiere. Los ciudadanos y sus votos son un mero medio, no un fin si se quiere exagerar o, por lo menos, si no se quiere quedar encandilardos por las prédicas sobre el "interés general" y el "bien común".
El Manifiesto hablaba de y para otra etapa. En la que estamos, con la creciente desigualdad dentro muchos países de los centrales o, si se prefiere, de los de la "comunidad internacional", los gobiernos parecen tener el modelo, una vez más, de Orwell y su 1984. Un "partido interior", un "partido exterior" y los "proles" en un mundo caracterizado por el enfrentamiento entre bloques. No estamos ahí, por supuesto. Pero el aumento de la desigualdad, la preocupación de los gobiernos por los "negocios de los burgueses", que diría el Manifiesto, que genera más desigualdad y la desafección política de los votantes ("proles" al fin y al cabo a los que se les puede engañar con relativa facilidad) hacen que resuenen las distopías orwellianas. El color ideológico de los gobiernos no sería tan importante aunque es obvio que, de cara a los "proles", las diversas ideología pueden proporcionar resultados diversos. Pero sin exagerar.
Lo que se puede hacer con un gobierno de otro color es tema debatido: unos exageran el peso de lo mundial, como pudo ser el caso de Andre Gunder Frank, ante lo cual reaccionaba James Petras y, ahora, unos exageran las constricciones de la globalización, ante lo cual reacciona Vicenç Navarro. Probablemente, ambos extremos estén acertados excepto cuando niegan al contrario. Por eso me resulta interesante el punto de vista de Dani Rodrik: hay muchos problemas que solo se resuelven globalmente, pero muchos otros siguen estando en manos de los gobiernos..
Distingamos, pues, lo que es constatación (siempre problemática) de las relaciones entre política (local) y economía (local por el lado de la economía "real", mundial por el de lo financiero) por un lado y, por otro,  de lo que es aventurarse en la extrapolación mirando al futuro distópico. Mirar hacia el pasado está muy bien, pero no viene mal mirar hacia modelos de futuro nada prometedores y procurar constatar en qué dirección parece ir moviéndose la cosa.

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