lunes, 27 de junio de 2016

Cómo lo veo

Resumo en pocas líneas lo que he venido diciendo de vez en cuando estos últimos tiempos. Me ahorro los enlaces.
En "Occidente", es decir, en Europa y los Estados Unidos por lo menos, la crisis manifestada en 2008 con lo de Lehman Brothers se alimentaba de altas cotas de desigualdad social (incluyendo desigualdad de poder) y las políticas puestas en práctica desde esa desigualdad (obviamente, a favor de las élites, que para algo tiene poder, aunque no todo el poder posible) generaron todavía más desigualdad. El efecto social de esa dinámica ha sido el aumento de la ansiedad en la ciudadanía. No en las élites, que no parece que tengan los problemas que tenía María Antonieta cuando le decían que el pueblo no tenía pan, ni en las clases populares, demasiado ocupadas en sobrevivir como para dedicarse a libros de caballería (recuérdese la estructura social tripartita a la que se refiere Orwell en su 1984: los de arriba, los de en medio y los de abajo). La angustia se ha dado en las clases medias inseguras sobre su empleo, salario, futuras pensiones, acceso a los servicios públicos -el caso de la educación concertada en la Comunidad Valenciana es sintomático-.
Esa inseguridad e incertidumbre (volveré a este último tema el miércoles de la semana que viene) se ha vivido bajo el predominio de los sentimientos por encima del razonamiento frío y distante. Baste pensar en los nacionalismos (estatales y sub-estatales), en el referéndum sobre el Brexit o las elecciones españolas del pasado domingo. Pero se puede extender a la campaña de Trump, a la segunda vuelta de las presidenciales austriacas, a la pre-campaña francesa para el año que viene, a partidos concretos como el AfD en Alemania y tantos otros casos.
El refugio ante esa inseguridad e incertidumbre pueden ser los sentimientos de identidad (colectiva, por supuesto, aunque yo sea de los que cree que sería mejor hablar de identidad compartida, ya que se trata de fenómenos individuales) que pueden ser nacionales, religiosos, futbolísticos, raciales, sexuales e incluso de clase, siempre que no sea "clase peligrosa" (classes dangereuses). Junto a esta salida, está la de encontrar algo que pueda ser concebido como culpable de los propios problemas: los "otros" en general, que pueden ser los de "otras naciones" (opresoras, por supuesto), otras religiones (falsas por definición), otros orígenes geográficos (inmigrantes), o pueden ser "las élites", "los de arriba" (sin plantearse quitarlos), "la casta", "los intelectuales", o "los extremistas" como tan bien le ha funcionado al Partido Popular español en las elecciones de este domingo pasado. 
En ese río revuelto pescan organizaciones muy heterogéneas. Están las que tienen bandera religiosa y utilizan la religión para mejorar sus posiciones desde locales a geopolíticas (es importante entender el yihadismo europeo) y están los partidos políticos de viejo o nuevo cuño, en particular los llamados "populistas", término que no me gusta pero al que ya le he dedicado algunos posts. De derechas o de izquierdas, tanto da. Tal vez exagere, pero tan "populista" me ha parecido la derecha (PP)  como la izquierda (Unidos Podemos) en estas polarizadas elecciones del día 26.
Estos movimientos o partidos no son la solución sino un síntoma ya que, rápidamente, caen en lo que han criticado en las élites políticas previas, a saber, el desfase entre la clase política y la población en general como ha demostrado el Brexit: la mitad de la población a favor, dos tercios del Parlamento en contra. La política, en efecto, ha generado sus reglas y si quieres jugar a la política (jugar al ajedrez, al boxeo o al judo) acabas aplicando sus reglas de engaños, manipulaciones, ombliguismos y férrea ley de la oligarquía. Nada que tenga que ver con una reducción de la desigualdad aunque la retórica "populista" diga lo contrario. El caso de Grecia es extremo.
Lo que sucede es que, en las condiciones actuales de polarización social, la política se polariza igualmente presentando asuntos complejos (poliédricos) como asuntos de blanco o negro, dicotómicos, que es lo que esas clases medias entienden y a lo que se aferran (lo digo mientras este país está paralizado por el trascendental partido España-Italia para la Eurocopa).
¿Qué salidas tiene? Mi amigo noruego me llama en broma "su oráculo", vista la cantidad de asuntos en los que me he equivocado. Una posible salida se observa extrapolando las tendencias: más de lo mismo, más xenofobia, nacionalismos, exasperación, irracionalidad, sentimientos. Un futuro pardo (o de camisas azules en la España de principios del siglo pasado, o negras en la Italia de entonces).
Los extremos de un resorte no pueden separarse indefinidamente: al final, se rompe. Y esa es otra posibilidad que algunos autores han estado anunciando con su particular "que viene el lobo" desde el siglo XIX. No lo niego. Sí es posible un cambio "catastrófico" de sistema. Pero lo dudo, aunque menos que lo siguiente.
Otra es un salto de aquellos "de la cantidad a la cualidad", el salto cualitativo de algunas ramas del marxismo (lo cual no hace que tengan que ser de obligado cumplimiento ni que sean totalmente irrelevantes: es una cuestión empírica), con lo que "agudizar las contradicciones" puede ser una política apropiada. Eso sí: sin saber si lo que vendría después es mejor o peor de lo que hay ahora, una vez se abandona la peregrina idea del progreso que cree que todo lo que viene después es mejor que lo que había antes (muchísimos casos muestran lo contrario).
Como no soy un oráculo (ni para mi amigo noruego) me quedo en una modesta tarea: diganosticar lo mejor posible, introducir racionalidad para compensar los excesos del sentimiento y no querer dar los pasos más largos que las piernas. Total, para lo que puedo influir yo...

1 comentario:

  1. También, habría que considerar que la incertidumbre, tiene efectos en el aumento del Fatalismo, tanto individual como colectiva, además de la anomia (Durkheim). Y aquí, otra constatación, el declive de la democracia (en términos de discusión razonada) y el cuestionamiento de las ciencias seguido del auge del pensamiento anti-intelectual o pseudocientífico. Por mi parte, creo que si es éste el momento que nos toca vivir, ya que no vamos a poder escondernos de sus consecuencias, tendremos que replantear varios asuntos, que van desde la política a las formas de vida. Y ésto no lo van a solucionar ni los partidos, ni las élites, ni siquiera la clase media. ¿Una destrucción cretiva de las "clases peligrosas"?

    ResponderEliminar