Una se refiere a la salud del Planeta, la otra a la de la unión monetaria en torno al euro. Y, como se trata de salud, nada mejor que usar los pasos de la medicina clínica convencional para describirlas.
Tenemos, en primer lugar, la cuestión medioambiental. Por fin hay acuerdo sobre el pronóstico tal y como ya avanzó en su día el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático: de seguir el actual ritmo de calentamiento global (que ha sido rigurosamente documentado por la Universidad de Berkeley), los dos grados centígrados adicionales serían trágicos y todavía sería peor sufrir los tres grados. Glaciares, sequías, aumento del nivel del mar, oscilaciones extremas del tiempo (al que llaman clima) están entre la que se vendría encima. El diagnóstico también es claro: cierto que hay un comportamiento cíclico en el clima, pero los ciclos naturales habrían sido rotos por la actividad humana, las emisiones de gases de efecto invernadero y la contaminación en general.
Las publicaciones oficiales u oficiosas (no se incluyen las de los ecologistas) se han multiplicado. La Agencia Internacional de la Energía lo plantea explícitamente en el “World Energy Outlook 2011” y hasta en el informe de Transparencia Internacional (“Informe Global de la Corrupción 2011: cambio climático”) lo da por supuesto, como también aparecía en los escenarios que planteaba la CIA en su cuatrienal ejercicio de prospectiva (“Global Trends 2025”, publicado en 2008: escenario 2 y escenario 4). A mayor abundamiento el Banco Mundial, en su “Informe sobre el desarrollo mundial 2010”, dedicado al cambio climático (sic), subtitulaba “Es posible un mundo donde se aborde con inteligencia el cambio climático si actuamos ahora, actuamos de común acuerdo y actuamos de manera diferente”.
La buena noticia es que también hay acuerdo sobre la terapia: los políticos ya han firmado nuevos protocolos vinculantes con los que pondrán freno a las agresiones al Planeta y dejarán de practicar, como sucede en España, el repugnante ritual de comprar derechos de emisión a los países que no contaminan “suficientemente”. Cierto que sigue habiendo negacionistas (sobre todo en el Partido Republicano estadounidense y en sus sucursales españolas), pero incluso en estos ya se observa que, ya que el dato está comprobado, lo que tienen que hacer es vender productos para enfrentarse a los efectos del cambio climático aunque sea a costa de evitar hablar de su prevención. Durban ha sido un buen ejemplo del triunfo de la sensatez: aunque se resienta la actividad económica a corto plazo, la supervivencia de la especie tiene prioridad a largo plazo.
El otro tema es, en términos sencillos, el del euro. La buena noticia es que los políticos europeos han comprendido que si el problema es común, la solución también tiene que serlo y no valen los trucos de los “listillos” (y “listillas”) que arriman el ascua a su sardina, caiga quien caiga: si uno se hunde, se hunden todos, porque el diagnóstico parte de la interconexión entre público y privado y entre países (si debes un millón, estás perdido; si debes mil millones, el que está perdido es el banco). Los casos que se conocen de abandono de un sistema monetario común hacían emitir un pronóstico grave para todos los implicados, e incluso para los aparentemente ajenos a la moneda como el Reino Unido o los Estados Unidos. En una situación de caos, añadir más caos no parece que sea la mejor terapia, así que el acuerdo entre los políticos ha sido, por fin, unánime y han dejado de echarse a la cara, unos a otros, lo incorrecto del diagnóstico ajeno: por fin comparten diagnóstico, pronóstico y terapia, pensada ésta para el conjunto y no para las perspectivas electorales del “listillo” o “listilla” de turno. Lo que se conoce como “dilema del prisionero” (todos se hunden porque todos son tan “listos” como para buscar su propio beneficio insolidariamente) también se aplicaría aquí.
Si el acuerdo sobre el medioambiente disipa las dudas sobre la viabilidad de la especie humana en el Planeta, el acuerdo alcanzado en torno al euro aleja de manera definitiva las preocupaciones sobre la inestabilidad económica. Una vez más, en este último caso, la crisis no ha sido “distinta a las anteriores”, sino que ha permitido aprender de ellas de manera creativa y solidaria de forma que se puede pensar en un futuro inmediato de crecimiento económico, empleo y estabilidad financiera. Y hasta se puede pensar que se pueden alcanzar objetivos medioambientales mediante el decrecimiento, mientras se obtienen objetivos laborales mediante el crecimiento.
Feliz Día de los Inocentes.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-; El día de los inocentes es el equivalente español al "pesce d'aprile" o al "April fool's day", día en que se hacían -no está el horno para bollos- inocentadas, bromas, pequeños engaños que la prensa "seria" -una contradictio in terminis- evita ahora)