Sabemos que hay pobres en el mundo, pero no sabemos cuántos hay. De hecho, no se puede ir por ahí preguntado a la gente si es pobre porque, como demuestra estudio tras estudio, la autoestima de muchas personas les impide reconocer su situación. Ser pobre es algo mal visto. Se trata de tener insatisfechas de manera continua, involuntaria y grave las propias necesidades básicas. El problema es cómo medirlo y los que lo hacen suelen tirar por la calle de en medio.
Por un lado, está el Banco Mundial que con la peregrina definición de “no llegar a 1,25 dólares al día a paridad de poder adquisitivo” calcula de vez en cuando cuántos de dichos “pobres” pueda haber en el mundo. La última vez que publicaron el dato (2005) calculaban que habría 2.597 millones de pobres en el mundo “en desarrollo” y suponían, antes de la crisis, que para 2015 serían 2.060 millones. Poniéndose optimista, se puede deducir, de dichos datos, que la pobreza, aun alcanzando cifras tan monstruosas, se estaría estabilizando.
Hay una forma menos monetarizada de medir la pobreza y es lo que hace la FAO estimando el número de subnutridos que pueda haber en el mundo. Serían 1.020 millones en 2009 y 903 millones en 2010 aunque el aumento espectacular de los precios de los alimentos hace pensar que se quedaron cortos en la estimación. Si prescindimos de ese cálculo, probablemente errado, se puede decir que el número de subnutridos está aumentando a escala planetaria.
Vayamos al otro extremo. Primero, los que tienen más de mil millones de fortuna. La revista Forbes da una lista de dichas personas todos los años. En el corriente, la lista era de 1.210 personas, con dos particularidades. Una, que aunque en 2008 disminuyó la cantidad de hiper-ricos, la tendencia ascendente se ha recuperado y se puede decir que cada año hay más hiper-ricos. La otra, que sumando en la lista los componentes estadounidenses y los europeos (sin Rusia), tenemos ya la mitad de los hiper-ricos del mundo, con el detalle de que el porcentaje de estadounidenses ha ido decreciendo mientras aumentaba el de los europeos.
Capgemini y Merrill Lynch, por su parte, hacen una estimación de los millonarios del mundo. En la publicación del mes pasado calculaban que habría 10,9 millones de personas que disponen de más de un millón de dólares. También aquí la tendencia, después del bache de 2008, es ascendente.
No tienen nada que temer de los “parias de la Tierra”. Primero, porque bastante tienen estos con sobrevivir. Segundo, porque los “proletarios del mundo entero” están todo menos “unidos”, siendo pasto de todo tipo de nacionalismos, tribalismos, sectarismos y fundamentalismos, cosa que los ricos no tienen. Y tercero, porque “los de arriba” tienen capacidad para comprar o, en su defecto, alquilar a los líderes de opinión y políticos que intervienen y moldean impuestos, policía y servicios sociales. Poder cultural, político, remunerativo y militar con el que pueden contar y así convencer a la “clase media” estabilizadora.
No son omnipotentes, ni omniscientes ni omnipresentes. De existir Dios, no son ellos. Pero como la tendencia divergente se mantiene, es lógico que haya quien busque explicaciones para esta permanencia de un resorte que cada vez se estira más pero no se rompe. La tendencia conspiranoide es inevitable: habría un “gobierno mundial” de estos poderosos que se reunirían en Foros Económicos, Comisiones Trilaterales, Clubes de Bilderberg donde confabularse para mantener el poder.
Sin embargo, me parece que no hace falta recurrir a eso. Es mucho más sencillo: mientras “los de abajo” carecen de conciencia de clase, los de arriba la tienen muy elaborada y no les hace falta reunirse para saber qué les conviene y qué no. Si, como digo, tienen capacidad económica y política para defender sus intereses de clase, la cosa no precisa de reuniones más o menos vistosas o clandestinas.
Hay otro elemento para explicar por qué la polarización del mundo no lleva su ruptura y es que “los de arriba” tienen su conciencia de clase a escala planetaria. Son internacionalistas. “Los de abajo”, en cambio, se quedan atrapados en lo local que no por ser secundario deja de ser importante. Pero, para lo que estoy exponiendo, el internacionalismo de unos y el localismo de los otros da a aquellos una ventaja en esa lucha de clases de “los de arriba” contra “los de abajo”. No hace falta pedirles que se unan: ya lo están. Unidos, incluso, para mantener la discusión a escala local, garantía de triunfo para ellos.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante- )