Leo en un
periódico español que una autoridad financiera extranjera apremia al gobierno español para que tome determinadas medidas políticas para "apaciguar los mercados".
Me he tenido que acordar de algunos pasajes de una de mis novelas favoritas: Huasipungo, del ecuatoriano Jorge Icaza. En concreto aquel en el que el cura del lugar explica a los pobres indios que si pagan más por su sepultura, les enterrará más cerca de la iglesia y, por tanto, llegarán antes al cielo, cosa que no ocurrirá si pagan menos y su tumba queda lejos del edificio religioso.
Que ¿por qué? Muy sencillo: la frase del titular del periódico citado no puede ser más religiosa. Tenemos, en primer lugar, unos dioses lejanos y desconocidos: los mercados. Son terribles: a veces premian a los buenos, pero, por lo general, castigan a los malos e incluso a algunos de los buenos. Temibles, entonces, porque su castigo es impredecible. Hagas lo que hagas, pueden caer sobre ti todas las plagas pensables: crisis de deuda, terapias de choque, decrecimiento (sic), estancamiento, ataques especulativos, quiebras de cajas de ahorro...
¿Qué hacer, entonces, ante estos dioses olímpicos, lejanos, omnipotentes y crueles? Muy sencillo: ofrecerles sacrificios para "apaciguarlos", para tenerlos propicios, para que no hagan caer sobre el pobre país, fiel entre los fieles, el peso de su ira, sea o no sea motivada, que eso no cuenta. Lo que cuenta es que los dioses, los mercados, tienen que ser apaciguados mediante el sacrificio. Puede ser de un cordero o de unos pensionistas, eso es lo de menos. Lo importante es que corra sangre. Un sacrificio sin sangre no apacigua a los dioses. Podría ser una ofrenda o un rito mistérico, pero esa lógica no es la que cuenta ante el temor. La ofrenda es un agradecimiento; el rito mistérico (como los de Mitra o los neopitagóricos) es una comunión. Pero esas son ideas diferentes de lo que es la divinidad. Este Señor de las Batallas quiere sangre. Y que sea fresca.
Los indios, entonces, preguntan al sacerdote. Los políticos, entonces, preguntan, a la autoridad financiera que actúa como intermediario, como pontífice (puente) entre los indios y los dioses, entre los políticos y los mercados. Y los sacerdotes responden no según la realidad de las cosas, sino según sus intereses. Es lo más probable. Por lo menos es lo que sucede en la novela de Icaza y es posible que suceda también en el caso que cito. Las llamadas instituciones financieras internacionales no tienen como función salvar la estabilidad del sistema financiero internacional sino defender los intereses de "los de arriba" dentro del sistema financiero internacional. Lo mismo que el sacerdote de Huasipungo tiene como función defender los intereses de los dueños de la hacienda, sin pensar en ningún momento en el bienestar de los indios.
Claro que hay otras opciones. Por ejemplo, el culto del cargo. No se trata de lo que aqueja a algunos universitarios que buscan el cargo universitario de manera desmedida ni a los militantes a la búsqueda del cargo político. Se trata, más bien, de los cultos religiosos que aparecieron inicialmente en las islas de Pacífico. Los indígenas, al ver que unas luces en la planicie permitían aterrizar a los aviones cargados de bienes (eso era antes de lo de los controladores), comenzaron a creer que, si ponían luces en la misma disposición que veían en los aeropuertos de los blancos, también a ellos llegaría el pájaro de hierro cargado de bienes. Traducido a nuestra ignorancia actual, el culto del cargo consiste en creer que si copiamos lo que han hecho otros países, también nosotros recibiremos esas bendiciones que vienen del cielo.
Pero, por lo visto, no basta. Hace falta el sacrificio para aplacar a los dioses que, siento decirlo, no existen. No existen los mercados. Existen personas concretas que en contextos concretos toman decisiones concretas. Un viejo sociólogo francés explicaba que los rituales de iniciación consisten, básicamente, en que el adolescente que temía aquellos ruidos que escuchaba en el bosque por la noche y que tanto le asustaban deje de temerlos porque cambia de posición y pasa a formar parte de los que emiten sonidos aterradores por las noches para que los niños (y las mujeres) se asusten.
Ya que muchos no tenemos ningún interés en ingresar en el grupo de los que se esconden bajo el nombre de "mercados", lo que nos queda por hacer es, sencillamente, llamar las cosas por su nombre y no con tanta metáfora religiosa como he hecho en estas líneas. Repito: los mercados no existen. No se deje engañar por sacerdotes que cobran por hacerlo ni por los que les pagan ni por los que no tienen más remedio que hacer caso a unos y a otros. Sean del partido que sean.