Distopía es aquel lugar o situación que se juzga como algo negativo y que se plantea, de cara al futuro, como algo evidentemente a evitar, de modo que, si no se produce, el narrador estará mucho más satisfecho que si acierta en su predicción. Digamos que una distopía es una profecía suicida, algo que se expone con el ánimo de que ella misma se destruya. Sin embargo, voy a referirme a una de las versiones disponibles sobre lo que sucedió en Yugoslavia, hoy desaparecida.
De entrada, bueno será recordar que sus repúblicas se encontraron de forma muy distinta en los tiempos de Hitler: unas tuvieron una fuerte presencia nazi (Croacia) y otras fueron un semillero de maquis comunistas (Serbia). La memoria histórica en ambos lados incluía la coincidencia de los que recordaban las atrocidades cometidas por el otro bando en aquella confrontación que hubo en Europa entre los años 30 y los 40. Como suele suceder, la memoria sobre las propias atrocidades, las del propio bando, era más bien escasa. Normal.
Llovía sobre mojado. Cuando, en el siglo XIX, comenzaron a inventarse los nacionalismos subestatales (los estatales venían del siglo XVIII con la Revolución Francesa o incluso del XVII con Cromwell en Inglaterra), habían aparecido dos grandes nacionalismos en su territorio: el serbio y el croata. Como todo buen nacionalismo tiene que hacer su “toilette”, su “lifting” cultural e histórico, ambos nacionalismos, aunque opuestos, tuvieron un claro acuerdo: había que diferenciarse y, aunque la lengua que hablaban ambos era la misma (el llamado “serbocroata”), sus intelectuales orgánicos hicieron un trabajo excelente subrayando las diferencias de forma que hasta en la escritura (y sobre todo en la escritura) se distinguieron: el serbio se escribió y se escribe con caracteres cirílicos y el croata con caracteres romanos. Sobre ello, los políticos serbios fomentaron el carácter religioso distintivo (fueron ortodoxos) y los croatas hicieron lo propio (fueron católicos).
El caso es que, en la guerra, ganaron los políticos del lado serbio y Yugoslavia quedó en la Europa del Este, con sus peculiaridades autogestionarias y su progresivo distanciamiento de la Unión Soviética. El antiguo guerrillero, ahora mariscal, Tito, era croata pero asumió el proyecto de la Gran Serbia y, aunque se intentó vendar la vieja herida con una prédica universalista–socialista, el hecho fue que la memoria histórica siguió viva.
Aunque no del todo. Los matrimonios “mixtos” fueron frecuentes, las comunidades definidas por la religión se mezclaron en el territorio y emergió el “yugoslavo” centrípeto como una identidad superior a las centrífugas. Cierto que algunas instituciones, como el ejército, tenían una mayor presencia de unos que de otros, pero eso no fue obstáculo para una convivencia relativamente pacífica, no exenta, como digo, de los viejos resentimientos.
Como es bien sabido, el comunismo realmente existente se vino abajo, casi de forma simultánea, en el centro (Rusia) y en la periferia (los llamados “países comunistas”) y emergió, en cada lugar, un líder para ocupar el vacío dejado por las viejas instituciones. Milosevic fue el hombre y se encontró con que las repúblicas federadas habían estado practicando, durante los últimos años del comunismo autogestionario, una política enloquecida de endeudamiento irresponsable. La lógica había sido impecable: yo me endeudo para mis cosas y el gobierno central asume la deuda que, para pagarla, tendrá que aumentar los impuestos o tendrá que enfrentarse a una bancarrota, a una crisis de la deuda como la que antes había tenido Polonia y después tuvo México. Buen caldo de cultivo para oportunistas.
Diversas intervenciones de gobiernos de países extranjeros (en las que se incluye la necesidad de pagar favores a la industria armamentística del respectivo país –sic-) ayudaron a exacerbar los viejos rencores y se entró en una dinámica de “tú me pegas, yo respondo, tú contraatacas y ya no hay quien pare”, con la salvedad de que cada lado explicaba que el que había empezado era el otro.
En una situación como esa, no era de extrañar que apareciesen otros elementos ajenos a la dicotomía serbios-croatas, a saber, los “musulmanes”, los eslovenos o los macedonios. Ante el hundimiento del centro, algunos políticos asentados en las supuestas comunidades consiguieron por vía pacífica tener su parcela de poder (eso que llaman “independencia”, es decir, que “los de abajo” dejan de depender de unos y pasan a depender de otros) mientras que otros quedaron atrapados en la lógica de la acción-reacción.
Tal situación ha llegado hasta nuestros días. Se entenderá por qué el gobierno español no ve con buenos ojos la independencia unilateral de Kosovo.
(Publicado hoy en el periódico Información - Alicante - )

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